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Aspectos calendáricos y astronómicos de El Castillo

29 Abril 2026
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Uno de los sucesos que ha hecho popular a El Castillo de Chichén Itzá es la hierofanía conocida como el descenso de Kukulcán, en la que se aprecia una serpiente de luz solar deslizándose a lo largo de la balaustrada noroeste del edificio, que culmina con la iluminación de su cabeza pétrea, al pie de la pirámide, la cual inicialmente se propuso para los días equinocciales.

La complejidad de este fenómeno de luz, que tradicionalmente era promovido en los equinoccios de primavera y otoño, ha sido objeto de numerosos estudios, en los más recientes se propone que dicha manifestación sigue un patrón específico de iluminación solar sobre la balaustrada, a lo largo de todo el año.

Así lo refieren cuatro reconocidos arqueoastrónomos, quienes presentan los resultados de sus observaciones en la revista Arqueología Mexicana (No. 197 marzo-abril, 2026).

En el artículo “El Castillo de Chichén Itzá. Evocación de un mensaje majestuoso de trascendencia calendárica”, Orlando Casares Contreras, del Centro INAH Yucatán; Arturo Montero García, de la Universidad del Tepeyac; Jesús Galindo Trejo, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, y David Wood Cano, del Seminario de Arqueoastronomía ENAH-UNAM, dan cuenta de algunos aspectos calendáricos y astronómicos asociados a dicha edificación, que pueden contribuir a comprender mejor la hierofanía que va más allá de los días equinocciales.

La pirámide en sus 30 metros de altura posee nueve cuerpos y un adoratorio en la cúspide, por cada lado mide 55.5 metros y tiene cuatro escalinatas rematadas por balaustradas o rampas. El Sol, en su camino hacia el horizonte poniente, proyecta su sombra sobre la rampa noroeste, de tal forma que quedan espacios triangulares de luz sobre dicho elemento y son los que dan forma al cuerpo de una serpiente.

El proceso comienza desde el noveno cuerpo superior y conforme el disco solar desciende hacia el horizonte van apareciendo otros triángulos luminosos en la parte inferior de la balaustrada. La primera huella de luz en la parte superior de la rampa sucede el 12 de febrero, en ese momento no llegan a formarse todos los triángulos y la luz no se queda hasta la puesta del Sol, solo dura pocos minutos. Al paso de los días, van apareciendo los triángulos en diferente número, pero desaparecen antes del ocaso. En la tarde del 4 de marzo se forman cinco triángulos.

En los días subsecuentes se formarán seis triángulos; será hasta el 15 de marzo cuando se proyecten siete triángulos de luz, los cuales permanecerán en los atardeceres, hasta el 25 de marzo, este último lapso es el que incluye el equinoccio de primavera.

Lo más interesante es que el fenómeno arqueoastronómico, en que el día y la noche tienen igual duración, queda a la mitad de dicho lapso, cinco días antes y después del equinoccio de primavera. Los científicos piensan que la observación de los siete triángulos en la rampa pudo haber servido para localizar el equinoccio, ya que para el 26 de marzo aparecerá el octavo.

Los nueve triángulos se forman el 9 de abril. En días posteriores, la forma de estos se va ensanchando hasta el 24 de mayo, cuando toda la balaustrada quedará totalmente iluminada: es la fecha del primer paso cenital del Sol en Chichén Itzá. La iluminación quedará mayoritaria hasta el 21 de junio: el solsticio de verano. La última iluminación plena de la balaustrada será el 19 de julio, cuando ocurre el segundo cenit.

Posteriormente, se irán definiendo los nueve triángulos hasta el 2 de septiembre, cuando alcancen su forma completa, uno por cada cuerpo de la pirámide. Al paso de los días, se formará un número menor de triángulos y, nuevamente, el día del equinoccio de otoño quedará enmarcado por un ciclo en el que aparecen siete triángulos sobre la balaustrada.

Después, día tras día, los triángulos irán disminuyendo hasta el 9 de octubre, cuando se alcancen cinco triángulos que desaparecerán hasta ocultarse el Sol. Posteriormente, se desvanecerán antes de la puesta. Los últimos resplandores luminosos en la balaustrada se observarán brevemente hacia el 29 de octubre.

Luego de dicha fecha, la rampa quedará en la sombra 52 días antes del solsticio de invierno, y otros 52 días después de este, cuando se inicie el nuevo ciclo de iluminación, el 12 de febrero del año siguiente.

El seguimiento del patrón de iluminación a lo largo del año por los sacerdote-observadores mayas pudo haber servido no solo para localizar el equinoccio, sino para indicar la llegada de las fechas calendárico-astronómicas que durante tres milenios fueron utilizadas para orientar las principales estructuras arquitectónicas en Mesoamérica, pero también para fines agrícolas, apuntan los investigadores.

Concluyen que un aspecto característico de El Castillo tiene que ver con la importancia que tuvo la medición del tiempo en el sistema calendárico mesoamericano. Los mayas se valieron de sus conocimientos astronómicos, cifrados en las cuentas calendáricas para alcanzar una precisión admirable en la medición del tiempo, aunque algunos estudiosos han dudado que el equinoccio haya sido identificado por los observadores mesoamericanos. (Con información del INAH)


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